Esto de ser influencer me ha causado algunas preocupaciones. Reconozco que mi falta de entendimiento y la necesidad de saber se explica por la cualidad de la envidia y cierta inutilidad electrónica, lo cual obviamente tiene relación con la edad, carencia de perspicacia y sentido de actualidad, todo ello, si bien se entiende, carece de importancia. Por eso, en el verdor de la sexalecencia, no nos permitimos renunciar a identificar, distinguir y clasificar a los distintos influyentes, respecto de su influidos y los influjos propiamente dichos. Entre los influyentes y los llamados con nombre propio influencers, ya no queda casi ningún parecido, pues los influyentes respecto de los influencers carecen de los medios y canales de influjo, antes reservados a los textos impresos, los relatos continuados en libros, en la prensa escrita, también en la casi anacrónica televisión que distinguía a hombres, siempre en ventaja respecto de las mujeres, bien sea por sus ideas, los logros artísticos, a veces deportivos, sin dejar de reconocer méritos espirituales o políticos, por lo que, con el tiempo, habían logrado respeto, confianza y notoriedad; los influencers, son dueños de un medio, mejor dicho, un multimedio, un móvil, un adminículo cada vez más pequeño y plurifuncional, un smartphone, chino, americano o finlandés, siempre última versión y de nueva generación. Así, con relación a los medios, el influyente es analógico, el influencer virtual; el influyente generalmente letrado, el influencer de preferencia iletrado; el influyente constante y regular; el influencer casual y circunstancial, el influyente ya no influye, el influencer, a ratos.
El influyente influía desde su altura y distancia, como referente, sabio, santo, mártir o guerrillero; el influencer es horizontal, no sabio, más bien hábil, no santo, más bien loco o pueril, ni mártir ni guerrillero, más bien audaz, a veces procaz, con porte de narco, en versión masculina; y , en presentación unisex o polisex, más bien risueña, alegre, elegante, coqueta, sensual y banal. Los influyentes pretendían ser reconocidos por su ideas y logros, su rastros; los influencers por sus rostros. El influyente podía ser feo, el influencer sólo pinta o bien feo.
Los influidos, atentos a los influjos, cabizbajos usuarios de los smartphones, susceptibles a lo instantáneo y fugaz, no taciturnos sino desorientados, se clasifican y distinguen, en parte por la marca del móvil y el atuendo, pero, sobre todo, por el sonido que les mueve y las diferentes preferencias que los activa, los conecta y les hace clic (click). Así, los influidos siempre plurales y megadiversos, no divagan, no buscan ni se esmeran, navegan o fluyen, transitan entre los chats y los memes, esta nueva versión de la viñeta, la historieta y la tira cómica.
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