Llegando al Domingo de Ramos, el de la Pascua, de la entrada triunfal en Jerusalén, vaya coincidencia, nos cuentan, mejor para que no haya dudas, el Sr. Alcalde se declara, informa, advierte que es, ha sido siempre católico, esto es: que cree en la totalidad de la fe que enseña la doctrina (recita el credo al agüita), que no es evangélico sino apostólico y también romano, no sólo porque acepta y se subordina -vaya palabra- a la Iglesia y su Papa romano, sino porque, eso ya sabíamos, por ese espíritu y don de mando, altivo, impetuoso y violento; de carácter severo y exigente, con gusto palaciego y pompa mayestática: autos que le siguen, sirenas, centuriones y una corte, no siempre cortés pero siempre cortesana, como corresponde a la potestasde su auctoritas. Romano y viril, en sentido y valor correspondiente al estereotipo logo-falocéntrico hetero- patriarcal, como recitan los también valientes labios feministas que deploran tal modelo y sus elocuentes modales: ¡qué bochorno!.
La cuaresma ha sido, sin duda, ocasión y oportunidad, enseñanza y aprendizaje, tiempo de tentaciones y asechanzas, de dudas y de renovado coraje. Comenzaron como una advertencia esas voces dolidas del acoso para las que la respuesta inmediata, ha sido ponerlas lejos, como a Satán, sin que la ocurrencia ni su realidad, alcance o distraiga la enérgica enjundia con la que se arremete contra todos aquellos que osen poner en duda la integridad de nombrar a quien, como un apóstol, no importa donde haya sido nombrado, sirve a todos y para todos; no faltaran sin embargo quienes nieguen tres veces, o setenta veces siete, la puridad con la que se procede. Infames son aquellos que acusan, esos que descubren la paja en el ojo ajeno y no miran la viga en el propio; acá, ni nepotismo ni despotismo, sino último y primer día de lo mismo, parece quedarse flotando en el enrarecido ambiente de acusaciones, culpas y escarnios. Qué tiempo tan malo, donde todo se junta y la codicia, la mítica ambición de las 30 monedas, confronta y denuncia, mientras también -qué ajetreo- hay que expulsar a los mercaderes que inundan los templos, las calles de la hermosa ciudad de insólitas virtudes culinarias.
Ni Anás ni Caifás, los sumos sacerdotes del pasado podrán llevarlo al sanedrín contralor; en esta semana de arrepentimientos, culpas y genuflexiones, no habrá un crucificado, nadie que se arrepiente ni purgue; sin lugar a expiaciones, será él, magnánimo y generoso el que lava sus manos, y desde su altivez, nos exculpa y perdona, nos concede la gracia. Por ésta única semana, no seremos objeto de su rigor, dureza y brusquedad. Alabemos al Señor.
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